Una mariposa vuela sobre Peralada

Si algo tiene de mágico el Festival de Peralada es ofrecernos puntualmente, como aquellas delicatessen de las grandes ocasiones, versiones irresistibles de los grandes clásicos. En este caso una anunciada Butterfly de campanillas, con la mejor especialista del personaje en esta época, la soprano albanesa Ermonela Jaho, que ya protagonizó el mismo rol en nuestro Liceu y que volvió a estar exquisita en el registro, con algunos pianissimi de los que erizan la piel. Ambientada en los días previos y durante la Segunda Guerra Mundial, en un Nagasaki arrasado por la gran bomba, la Butterfly de Jaho consigue transmitir la desespereación de una Cio Cio San a la que sólo queda la espera lánguida del retorno. Sin embargo la albanesa nunca nos hará una Butterfly tan oriental y sumisa como nos acostumbraron durante décadas y que llegaban a la muerte por descarte de todos sus sustentos; al contrario, la Butterfly de Jaho es una mujer que recupera la decisión, la desesperación pucciniana, el coraje y la valentía, la resistencia, y finalmente el honor. Zefirelli comparaba las Norma's de Callas y Caballé atribuyéndole a la primera la capacidad absoluta de matar a sus hijos y a la segunda una maternidad incontestable que lo hacía imposible. Pues bien, Jaho asume el rol de Callas, técnica y escénicamente perfecta, decidida cuando apuesta fuerte y cuando asume el rol de vencida.

Después de su recital del año pasado en Peralada, el aclamado tenor norteamericano Bryan Hymel volvió en esta ocasión con un personaje que le queda como anillo al dedo, un Pinkerton rubio, alto, fuerte, joven y apasionado en busca de su amor portuario con kimono. Aunque tuvo un inicio irregular, con los graves no bien colocados y la voz un tanto atiplada y nasal, a partir de "Viene la sera" y todo el duo de amor nos conquistó con una calidez y derroche vocal magnífico, y consolidó su papel en la segunda parte con unos dotes vocales de gran belleza, no tanto escénicamente ya que se mueve un poco a la norteamericana, eso es, un tanto patoso. Lo que sea dicho de paso, al personaje, ya le va bien. Estas imperfecciones no le restan ningún mérito a una voz portentosa y en algunos momentos, sublime.

El impecable y distinguido Carlos Álvarez mostró una vez más la solvencia prodigiosa a la que nos acostumbra. Y el hecho de que Carlos Álvarez ya no nos sorprenda por su calidez y fundamento vocal, por su técnica perfecta, y por su presencia escénica arrolladora, esta vez con un Sharpless magnífico, no debe ser un problema para reiterarnos en la gran suerte que tenemos de tenerlo tan a menudo, y tan cerca. Volvía a su tierra Gemma Coma-Alabart, que fue una Suzuki solvente y con momentos de gran belleza, siendo un contrapunto tan necesario como comedido a Butterfly. Destacamos a Vicenç Esteve Madrid, como Goro, que ha desarrollado muy inteligentemente el personaje, y también el ascendente Carles Pachón, que hizo un Yamadori muy hermoso. Y alcanzamos adistingui al joven Guillem Batllori, como oficial del registro, quien nos ilusionó recientemente con su Papageno en el Conservatori del Liceu.

Si hace unos días dábamos calabazas a la puesta en escena goyesca para Il Trovatore del Liceu, ahora aplaudimos esta adaptación a los años 40 de la obra de Puccini. La escena, aunque clásica, es efectista y tiene sentido, cosa que parece una obviedad, pero que cada día cuesta más de encontrar. El momento de la destrucción de Nagasaki justo antes del intermedio refuerza el impacto de la desolación moral y física con la que nos previenen, y que impregnará la segunda parte de una miseria descarnada que refuerza el argumento, y que visualmente nos conmueve. Muy correcta la Orquesta Sinfónica de Bilbao, con algún momento de percusión exacerbada, pero de contrastada solvencia, igual que el coro del Liceu, en su papel cada día mejor.

En resumen, vayan, disfruten, lloren, y gocen de la noche veraniega del Empordà como nos saben ofrecer en el Festival de Peralada.

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